A finales de la semana pasada fallecía Pablo Capilla, uno de los históricos que se dice ahora, del fútbol soriano. Para los seguidores del Numancia de nuevo cuño -no tanto por edad como por su descarado oportunismo-, que en estos tiempos de prosperidad proliferan de lo lindo con el aderezo de un desparpajo que de verdad sonroja se erigen en poseedores exclusivos del numantinismo, si es que no ha nacido con ellos, el nombre y apellido del titular de esta columna les dirá, con toda seguridad, más bien poco. En el mejor de los casos, puede que les suene si es que han tenido, al menos, la curiosidad de detenerse a conocer los primeros pasos del Numancia a partir de su refundación en 1945.
Fue, no obstante, en la temporada 1948-1949, la del primer ascenso a Segunda División, cuando Pablo Capilla adquirió protagonismo al ser uno de los contados futbolistas sorianos, si no el único, que figuraba en la plantilla. Es más, aunque no era habitual en las alineaciones titulares -no se llevaba lo de las sustituciones, salvo que se tratara del portero, y por lesión-, la fase de ascenso coincidió quizá con los mejores momentos de su vida deportiva; él fue quien marcó el cuarto gol encajado por el Erandio (el partido terminó 4-1) en el último y definitivo encuentro jugado en San Andrés la tarde del domingo de la Compra del Toro de 1949, tan recordado en los últimos años.
Pablo Capilla era de El Burgo de Osma y se formó, por tanto, en la cantera burgense, la de referencia, sin duda, aquellos años en que el único equipo federado que había en la provincia era el Numancia. De ella salieron jugadores de nivel en el lenguaje moderno que pasaron igualmente por el Numancia, entre ellos Paco Ballestero, uno de los futbolistas sorianos más importantes, fallecido hace unos años.
Los más mayores recordarán a Pablo Capilla jugando de defensa central, una demarcación socorrida que los entrenadores reservaban a los veteranos cuando las fuerzas les comenzaban a flaquear. Pero eso fue en su última etapa como futbolista, porque él llegó al Numancia para jugar de delantero centro y marcar goles, como ahora, el gran valor de entonces (al Alavés le hizo cuatro una tarde).
Capilla I en las alienaciones cuando su hermano Pepe se incorporó al Numancia no fue un jugador que destacara precisamente por una técnica depurada pero sí fue un futbolista que ponía a contribución del juego un pundonor y una entrega envidiables, vamos de los que se dejaba la piel en el campo. Por el contrario, fue un excelente rematador de cabeza -su mejor y más destacada condición- lo que entrañaba un serio riesgo al jugarse con aquellos balones de cuero cerrados con una correa, causante, sobre todo cuando estaban mojados y rebozados en barro, de brechas aparatosas en la frente por lo que para protegerla lo recomendable y habitual era anudarse un pañuelo enrollado en torno a ella.
Joaquin Alcalde Rodríguez. Diario de Soria-El Mundo. 16 octubre de 2008